2.5.12

El asesino

Enfrió su mente para congelar su corazón en llamas y pensó durante un tiempo. Buscó una y mil formas. Juntó motivos, excusas y hasta pudo adelantarse pensando en explicaciones. ¿Quería pasar el resto de su vida encerrado en una jaula? De poco hombre hubiera sido obrar mediante un tercero.
Entonces, luego de parecerle insignificante todo lo que antes había juntado, juntó valor, que era, al fin y al cabo, lo único que necesitaría.
Tenía que matarla, tenía que hacerlo él mismo y de manera urgente. ¿Motivos? Su insoportable inteligencia. El terror que le infundían las profundas expresiones de su lengua de serpiente, los pensamientos audaces que le revolvían la mente, su ingeniosa retórica, el amor que ella no le tenía. Motivos que desde hacía tiempo, lograban quitarle el sueño.
Tomó el último tren esa noche hacia la casa (o quizás, hacia su oscuro destino). Le había anunciado minutos antes que la visitaría, impulsado por el secreto deseo de que se arreglara para recibirlo (o para recibir el fin de su último día en este mundo), aunque él sabía que de cualquier forma habría de estar hermosa.
Durante todo el viaje no pudo pensar en lo que iría a hacer, no pudo repasar el plan. Quiso pensar en nada, pero de pronto la nada se llenaba del sonido de su risa, de su risa como encantadora y ensordecedora música, ¡y más le hubiese valido ser sordo!.
Descendió en la anteúltima estación y caminó los escasos metros que había hasta la casa de su víctima.
Latiendo la pólvora en el bolsillo de su gamulán, golpeó con sus manos heladas la puerta que ella abrió lentamente. Sus suaves y rosados labios rozaron su mejilla fría. Dos grados marcaba el termómetro de su piel, y ella como siempre, liviana, con su ropa casi transparente que dejaba al descubierto su piel blanca y joven.
Difícil hubiese sido para cualquiera contar el número exacto de lunares que ella llevaba en sus hombros como pintados, pero él los sabía de memoria, y los observaba atentamente por última vez mientras ella terminaba de escribir alguna de sus poesías.
Soltó su cabello y le ofreció té. Caminó descalza hasta la cocina, y minutos más tarde, aterrizó en el sofá con dos pequeñas tazas. Las perspicaces palabras brotaban nuevamente de su boca, como un río que inundaba las oscuras mientes y el enamorado corazón de su futuro ejecutor. ¿Disyuntiva? Quizás. Su odio y su amor crecían más y más en cantidades  idénticas, cuando de pronto, ella interrumpió su acertada y lúcida crítica sobre un añoso libro, para preguntar, con la falsa inocencia de quien no ignora que van a asesinarlo en exiguos minutos: "¿Por qué motivo regresas a mi casa después de tanto tiempo sin visitarme?" y lo miró con ojos cándidos. 
Por un momento, un calor lo asaltó haciéndolo sudar y sintió salírsele el corazón, pero sabía su razón que debía actuar a sangre fría, y poniéndose de pie, respondió a la pregunta desenfundando su Le Mat 1862. 
Los ojos resplandecientes miraron el revólver para desviarse luego a los ojos del asesino, pero su ficticia mirada de cervatillo se tornó la mirada más viva y penetrante.
Ella tenía un arma mucho más letal de la que valerse, y era su cabeza. Unas palabras en francés que los ignorantes oídos no lograron entender, pero que fueron lo suficientemente dulces y fluidas como para taladrar su sistema nervioso. Sus torpes dedos apretando la empuñadura, bajaron el martillo mientras ella, inmóvil, no apartaba sus ojos de lechuza de los ojos intranquilos del asesino. "¿Qué esperas?" volvió a romper el silencio y sonrió levemente con malicia.
El cañón cambió su dirección. A la boca, gatillo y ella se lo llevó

2 comentarios:

  1. Muy bueno che, me gustó mucho cómo escribiste.
    Me re llegaron las sensaciones del protagonistas.
    Un abrazo

    ResponderEliminar